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Viajar

La peor rabieta de mi hijo en un avión

La pesadilla que vivió una madre en un avión y lo que aprendió de esta experiencia

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Cuando yo era pequeña, mi madre solía viajar conmigo y mis dos hermanos (normalmente sola) en vuelos de tres horas y en esa época no existían ni los móviles ni las tabletas. Así que nunca he podido quejarme por tener que llevarme a mi hija única en un trayecto corto para visitar a mis padres. Tras varios viajes plácidos en avión con la niña y mi marido, finalmente me atreví a viajar sola con ella y solo tuve algunos contratiempos sin importancia. Así que no estaba nada preparada para lo que ocurriría cuando Mila cumpliera dos años.

Hice lo que algunos podrían calificar de «error de novata»: subimos a bordo sin darme cuenta de que nos estábamos saltando una siesta y no pensé en ponerla a dormir en el avión. Mila estaba contenta y saludaba a todos los pasajeros, enseñaba la comida que tenía en la boca, montó un desfile de moda con sus muñecas y vio sus programas de televisión preferidos. Todo iba bien, hasta que a medio vuelo Mila dijo que quería más leche.

No pensé en llevar leche para el viaje y lo más parecido que tenían los auxiliares de vuelo era leche en polvo. Le ofrecieron zumo de manzana, que Mila quiso beber directamente del vaso de plástico, a pesar de que todavía no sabía hacerlo bien. Entonces, comenzó la rabieta: mientras intentaba llevarle el vaso a la boca con cuidado, rechazó mi ayuda y derramó el zumo por todas partes. Se puso a llorar y se echó en el suelo del avión tapada con su mantita.

Yo sabía que en el avión no estaba permitido que mi hija estuviera en el suelo, pero pensé que se cansaría enseguida y que cuando se relajara, podría cogerla y ponerla en su asiento. Error. La señal del cinturón de seguridad se encendió, el avión empezó a tambalearse y lo que pasó a continuación no se me habría ocurrido ni en la peor de mis pesadillas. Empecinada en quedarse en el suelo, Mila comenzó a chillar, llorar, dar patadas (a mí, al suelo, a la pared, al asiento delantero...) y a escurrirse debajo del cinturón para volverse a tumbar en el suelo cada vez que conseguía sentarla de nuevo. Finalmente, la obligué a sentarse en mi regazo y la sujeté mientras intentaba calmarla. Pero lo nuestro parecía un combate de lucha y su rabieta estaba subiendo de tono...

Comenzaron a oírse murmullos de enfado e indignación. Tres auxiliares de vuelo me rodearon, insistiendo en que Mila tenía que sentarse en su propio asiento. «Señora, la niña tiene su asiento y tiene que sentarse en él».

«Pero, ¿a los niños de dos años no les está permitido sentarse en el regazo de su madre?», les imploré.

«Tiene un billete para un asiento y debe sentarse en él. Si no es capaz de hacerlo, tendremos que llamar al piloto».

Los murmullos de los pasajeros disgustados comenzaron a subir de volumen, hasta que oí una voz que gritaba desde varias filas más atrás: «¡LO QUE TIENES QUE HACER ES DARLE UNA BOFETADA!» 

Las lágrimas comenzaron a rodar por mi cara. Esta rabieta no era normal en Mila. Es una niña muy dulce, le gusta coger flores de nuestro jardín y siempre pide más y más besos y abrazos antes de acostarse. Eché un vistazo a las personas que tenía detrás. Algunas mostraban compasión, mientras que otras parecían molestas. ¿Quién había dicho eso? Quería saberlo.

Entonces, una mujer con un bebé dormido en el pecho cruzó el pasillo y me cogió de la muñeca.

«Yo me encargo», me susurró. «Tú cuida de tu hija»,

Poco a poco volví a centrarme en Mila. Los auxiliares de vuelo murmuraron algo enfadados y luego se alejaron. Mila se pasó el resto del vuelo agarrada a mí como una verdadera luchadora profesional.

Por supuesto, en cuanto aterrizamos, Mila volvió a convertirse en su encantadora versión feliz. Intenté desesperadamente no cruzar la mirada con ningún otro pasajero. Pero, ¿y la mujer cuyo asiento Mila no había parado de golpear durante todo el vuelo? Me miró con complicidad y dijo cariñosamente: «Esta noche dormirá bien, ¡pero tú dormirás mejor!». Varias mujeres de diferentes edades se pararon para consolarme y compartir historias de sus viajes con sus hijos. Al parecer, las rabietas en el avión son como un ritual de paso.

En cuanto a la madre que me había prometido «encargarse» del pasajero que pedía una bofetada para Mila, me dio un abrazo mientras esperábamos nuestros cochecitos.

«No te gires», susurró. «Ya sabes quién está pasando justo ahora por detrás, pero ni caso, ya le he dicho antes que se había pasado de la raya».

Ni siquiera intenté ver a la persona que había proyectado tanto odio hacia Mila, estaba más asombrada por la solidaridad que mostraba esta madre desconocida conmigo. Su bebé había dormido todo el vuelo y su viaje había ido de maravilla. Aun así, ella sentía que estábamos juntas en esto, lo que me conmovió profundamente. La próxima vez, fácilmente podría tratarse de su hijo cansado y abrumado, de modo que podría necesitar el mismo apoyo y comprensión.

La rabieta de Mila en pleno vuelo me hizo darme cuenta de que, como padres y madres, tenemos que apoyarnos entre nosotros. Todos lo hacemos lo mejor que podemos e incluso los más expertos tienen que enfrentarse a rabietas y se sienten culpables, así que necesitan saber que otros padres y madres les están apoyando. Cuando tengas la sensación de que estás en la lista negra de todo el mundo y creas que te van a bombardear con muecas de menosprecio, en vez de esto, recibirás un abrazo y se te olvidará todo.