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Cómo limar asperezas en el triángulo madre-cuidador-niño
Uno de los temas que más se repite en la gran literatura es el del triángulo amoroso: Arturo, Ginebra y Lancelot; Tristán, Isolda y el rey Marke, y un largo etcétera. Pero hasta ahora nadie ha escrito una historia imperecedera sobre esto: en las vidas de los padres, sus hijos y los cuidadores de estos últimos se dan día a día situaciones de triángulos amorosos. Aunque raras veces se ve desde este punto de vista, las madres y los cuidadores compiten sutilmente por el cariño del pequeño. El niño, de manera inocente, como todos los niños, desea quererlos a ambos, que ambos lo quieran, ¡y ejercer control sobre los dos!

Las funciones que desempeñan la madres y las que desempeñan los cuidadores se confunden. Al reconocer esta coincidencia, la madre, ya sea consciente o inconscientemente, tiende a buscar un centro o una persona cuyas cualidades sean semejantes a las suyas, que refleje sus propios valores y creencias. Por ejemplo, una madre que cree que los niños pequeños necesitan mucho cariño y afecto buscará un centro en el cual a los cuidadores se les permita ser cariñosos y afables y expresar libremente sus sentimientos. En el otro extremo, una madre que piensa que su hijo necesita una disciplina y un control firmes, buscará un centro en el cual se establezcan límites claros y se exija a los niños que respeten dichos límites. Las madres que quieren que sus hijos adquieran aptitudes académicas desde pequeños buscarán centros de enseñanza formal, mientras que las que creen que los niños aprenden más teniendo libertad para explorar lo que los rodea buscarán centros que ofrezcan posibilidades ilimitadas de juego.

Incluso cuando encuentran un entorno en el que se reflejen sus propios valores, a veces las madres sienten cierta hostilidad hacia el centro en el que está el niño (o hacia algunas personas del centro). Esto puede suceder incluso cuando se considera que el plan de educación es de alta calidad para cualquier criterio. Del mismo modo, los cuidadores pueden desarrollar sentimientos negativos hacia las madres. Éstos pueden ser tan intensos que su disposición para cuidar a los niños de forma delicada puede verse comprometida. Piensa en las siguientes situaciones:

  • Madre: “¿Por qué deja que Laura pinte con su ropa nueva? Le he dicho varias veces que no lo haga.”' Cuidador: “¿Por qué insiste en mandar a Laura a la guardería con ropa que no le permite participar cómodamente en actividades artísticas y hace que no quiera jugar en el recreo?”


  • Madre: “Estoy cansada de entrar en la sala y ver que mi hijo sólo juega con camiones mientras que a los otros niños les leen.” Cuidador: “Esa madre no sabe nada sobre el desarrollo infantil. Se preocupa si le damos a Carlos un poco de tiempo libre.”
Podría poner muchos más ejemplos, pero estos ilustran muy bien la clase de conflictos que pueden presentarse entre madres y cuidadores cuando representan sus papeles en este triángulo amoroso.

Fuentes de conflicto


Quizá este tipo de conflictos es inevitable siempre que haya dos personas involucradas, pero es probable que haya motivos específicos en ambas partes del conflicto potencial que pueden agravar la situación. Echemos un vistazo a algunos de estos motivos desde ambos lados.

Lado de la madre
  • Culpa. Muchas madres aún se sienten culpables por poner a sus hijos al cuidado de otros; ¡y si no se sienten culpables, alguien tratará de hacérselo sentir! Un compañero natural del sentimiento de culpa es la convicción de que nadie puede cuidar de nuestros hijos tan bien como nosotros.

  • Presión en casa. Si la madre tiene que sortear con frecuencia preguntas como “¿Tiene que llegar así de sucia todos los días?”

  • Ansiedad. Las historias sensacionalistas de abuso sexual y físico siguen teniendo gran difusión en los medios de comunicación, lo cual produce recelo y tendencia a criticar a los cuidadores.

  • Presión. ¿Hay alguna madre trabajadora que no esté bajo una gran presión? Y esta presión tiende a ser máxima precisamente en los momentos en que es más probable que haya conversaciones (en las primeras horas de la mañana y durante las prisas de la tarde). En esos momentos, lo último que una madre quiere es oír quejas sobre sus hijos o sobre ella misma.
  • Celos. Reconozcámoslo: a veces es difícil de aceptar el hecho de que nuestros hijos puedan pasárselo en grande en compañía de otro, o que hagan por otro algo que no harían por nosotros.
Lado del cuidador
  • Ponerse a la defensiva. Los cuidadores, con razón, necesitan verse a sí mismos como profesionales y que los padres reconozcan su formación y sus aptitudes. A veces necesitan manifestar sus conocimientos y, sin darse cuenta, menosprecian a los padres.

  • Definición del servicio. Los primeros escritos sobre las guarderías las describen invariablemente como un servicio para los padres. Sin embargo, la mayoría de los profesionales de este campo se ven como personas que trabajan para los niños y con ellos. En teoría, hasta aquí no tendría que haber ningún conflicto, pero la mayoría de los cuidadores, cuando se dan cuenta de que uno de los niños está descuidado o maltratado, por lo general se ponen de parte de él.
Objetivo: cariño hacia ambas partes

Independientemente de cuál de estas fuentes de resentimiento y hostilidad exista en una situación dada, es importante que madres y cuidadores se sienten y hablen de la situación para superar el punto muerto. Para hacerlo, es necesario crear condiciones que permitan que el niño sienta cariño tanto por la madre como por el cuidador. Y esto puede lograrse. Algo que puede hacer que a las madres les resulte fácil aceptarlo es el hecho de que es más probable que los niños que se hallen más unidos a la madre, desarrollen apego hacia el cuidador. Los niños pequeños cuyas madres son poco sensibles a sus necesidades e incoherentes en su trato con ellos, tienen dificultades para aprender a confiar en los adultos. Si esa falta de confianza empieza por la madre, con frecuencia la hace extensiva a sus relaciones con otros adultos. Este hecho debería eliminar los celos que pudiera tener una madre hacia un cuidador en el cual su hijo deposita cariño y confianza.

Por otra parte, si un cuidador siente resentimiento por parte de la madre del niño, tiene que examinar su propio comportamiento para asegurase de no haberla menospreciado (“Vaya Alex, tu madre vuelve a llegar tarde”; “No me digas que hoy has vuelto a ponerte tu mejor ropita”). También tiene que valorar a los padres que cuidan bien de sus hijos y se preocupan por que haya una buena relación entre él y el niño. Ésta es la clase de madre que resulta de ayuda y apoyo en el programa educativo.

Así, ambas partes tienen que trabajar en limar las asperezas del triángulo madre-niño-cuidador. Cuando esto se logra, con seguridad el niño resultará beneficiado.

Dr. Bettye M. Caldwell Ph.D. Professor of Pediatrics in Child Development and Education